Haití: entre el asombro y el olvido

Por El Nutrio Balfrido. Ninguna esperanza, nada que se asemeje a un hálito de luz o una pequeña ilusión es lo que vive una pequeña nación del Caribe, de las más pobres del mundo y que la llamaron Haití.
Su historia está teñida de negro, no sólo por el color de la piel de sus habitantes, sino por el luto que a partir del 5 de diciembre de 1492, cuando sobre el horizonte del Este, emergiendo como espectros marinos en pos de presas indefinidas pero con ansias de llevarse todo lo que encontraran, aparecieron las tres carabelas al mando de alguien que la tradición ensalzó por su descubrimiento, pero que los verdaderos dueños de esas islas sufrieron como el primer genocida de la historia americana: Cristóbal Colón.
De inmediato se posesionó de todo, lo decretó en nombre del imperio español y los adjuntó como partes del mismo, guardando el menor respeto por las tres etnias que en la misma vivían: arawak, caribes y taínos -según cálculos unos 300.000-, a quienes sistemáticamente fue exterminando.
Entrado el 1600, debido al comercio informal de los criollos (nuevos habitantes de la isla), dedicados al pillaje del ganado y otros menesteres, atrajeron a dos grupos de europeos que hacían del oportunismo los basamentos de su fortuna, los llamaron bucaneros y filibusteros y ambos procedían de otra de las naciones expansionistas de la época: Francia. Esa ocupación terminó con la posesión de Francia, a través del Tratado de Ryswick de la parte de la isla que se denominó Saint Domingue. La crueldad de los nuevos dueños fue coronada con la esclavitud, a tal punto que, hacia mediados del siglo XVIII, Haití constaba con unos 300.000 habitantes y sólo 12.000 eran blancos y libres.
Era de esperarse la rebeldía. El sometimiento desmedido sumado a la crueldad y las ansias de libertad permanente, conformaron un cóctel que encendió espontáneamente, por eso y bajo las reglas del vudu un sacerdote de esa religión negra llamado Boukman por el año 1769, en una ceremonia, decretó el comienzo de una rebelión que se extendería muchos años, enfrentando a los esclavos contra los imperios de Francia, Inglaterra y España. En 1804 Jean Jacques Dessalines declaró la independencia de Haití y, a su vez, se auto coronó como emperador.
Esta pequeña nación nunca logró estabilidad y eso sirvió de pretexto a EE.UU. para que en 1915 la invadiera, situación que duró hasta 1936. Pero lo peor aún no estaba por llegar.
En 1957 fue elegido como Presidente François Duvalier, conocido popularmente como Papá Doc, que gobernó dictatorialmente con ayuda militar y financiera de Estados Unidos. En 1964 se hizo proclamar presidente vitalicio. Su hijo Jean-Claude Duvalier (Nené Doc) lo sucedió en 1971. En enero de 1986 una insurrección popular lo obligó a exiliarse y el ejército se hizo con el control del poder, mediante la formación de un Consejo Nacional de Gobierno, presidido por el general Henri Namphy. Sin embargo, a pesar de los avatares sociales y políticos, en ningún momento se encontró el rumbo preciso y conveniente para sacar de la extrema pobreza al pueblo haitiano, por el contrario, la hambruna y las pestes asolaron constantemente a esa pobre gente.
Los golpes de estados y las rebeliones se sucedieron sin solución de continuidad, hasta que en 1991 un sacerdote alineado en la teoría de la liberación Jean-Bertrand Aristide asume la presidencia, la que, con altibajos, derrocamiento y vuelta al poder, duraría hasta 2004, fecha en la que fue depuesto por grupos comando de los Estados Unidos, raptado y llevado a Sudáfrica donde aún se encuentra con prohibición de regresar a su patria.
El 12 de enero de 2010 Haití fue devastada por un terremoto de magnitud 7.0 con epicentro a 15 kilómetros de Puerto Príncipe, su capital.
Si tenemos en cuenta que al 25 de enero se habían recuperado 150.000 cuerpos (los cálculos estiman en más de 200.000 las víctimas fatales), que 250.000 son los heridos y más de 1.000.000 las víctimas sin hogar, estaríamos en presencia de una de las catástrofes más graves de la historia.
El mundo respondió de inmediato y a los rescatistas, médicos y enfermeras argentinos les cupo un papel preponderante: fueron los primeros que se hicieron presentes en el lugar, antes incluso que el omnipresente EE.UU.
Lo demás es conocido.
Los ecos de los medios de comunicación ya se van apagando, la noticia ha dejado de ser preponderante y mucho más cuando el poderoso país del Norte ha ocupado militarmente el aeropuerto de Puerto Príncipe y la ayuda es controlada por los marines y paracaidistas. Da la impresión que Norte América, más que ayuda a los desposeídos, lo que intenta es –otra vez- una ocupación militar. Barak Obama ha pedido colaboración a Clinton y Bush, dos antiguos presidentes que mucho tuvieron que ver con la destitución de Aristide y los grandes padecimientos de los creoles.
Tal vez, llevados por sentimientos incomprensibles o determinados por el acostumbramiento a lo inevitable, el pueblo haitiano muestre cara de resignación ante la tragedia. Quizás, una vez mitigado el dolor, el lamento deje de ser grito y se transforme en silencio. Lo que es cierto es que todos los que murieron, los heridos y los sin techos tienen la condición de seres humanos, pero con un agregado: el olvido del resto que, por haber nacido en otro lugar, no padecen tanto de hambruna e incomprensión como ellos.
Roguemos que el olvido no haga desaparecer las palabras de Jean-Bertrand Aristide: “El imperialismo americano ha sustentado al gobierno de Haití. Las elecciones no son la salida, las elecciones son un modo de aquellos en el poder para controlar al pueblo. La solución es la revolución, primero en el espíritu del Evangelio; Jesús no podía aceptar que el pueblo pase hambre. Es un conflicto entre clases, entre ricos y pobres. Mi trabajo es de predicar y organizar”…
No nos olvidemos de Haití.

Deja un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree

Temas