Oposición y medios: La Biblia y el calefón?

Por Ángel Ghirimoldi. Es sabido que en democracia la primera minoría es la que gobierna y las otras minorías ofician de oposición.
La oposición tiene un fin fundamental: poner equilibrio y frenar las ansias de ser y hacer más de lo que la Constitución y las leyes permiten al gobierno de turno.
Las reglas son simples y, si se las toma concienzudamente, eficaces.
La oposición tiene como meta lograr ser la primera minoría en el futuro, de esa forma en el mañana podrán gobernar y poner en funcionamiento las ideas políticas por las cuales han bregado. Entonces el oponerse a todo puede ser un arma de doble filo, porque las leyes que se impiden hoy, serán las mismas que mañana necesitarán para gobernar con mayor aire, con mejores perspectivas, de allí la prudencia necesaria.
En nuestro país, y en todo el mundo donde se practica la democracia, hay otro poder que va más allá de los partidos políticos y está ejercido por los medios de comunicación, que, cada vez más, tienen un rol fundamental en la aplicación de políticas y el ejercicio de los derechos de los ciudadanos.
Por ello, esto de que las reglas son simples entre quién gobierna y quienes controlan, se complejiza porque, conforme a sus intereses, los medios tenderán a defender a uno u otro según les convenga y no escatimarán ocultar verdades y crear falsos hechos, con tal de que se lleve a cabo lo que pretenden.
Por lo general y si no existen leyes que pongan un freno, los medios de comunicación a medida que crecen, acaparan otros medios y de esa manera se convierten en monopolios que, dado el volumen de la información que manejan y de los intereses que defienden, su poder llega a ser ilimitado. Entonces, para que nada quede librado al azar, adjuntan a su staff de periodistas a políticos y economistas de la oposición que avalarán cada línea informativa y que serán serviles a los intereses económicos que ellos defienden, los que por lo general son propios o de anunciantes importantes que sostienen el sistema.
La repetición permanente, la ocultación de noticias y la presentación negativa de aquellos a los que defenestran hacen que el público en general se vea influenciado. Esa influencia es tan grande que los sorprendidos forman una legión de disolutos serviles que repiten y se convencen de lo que esos medios (audiovisuales o escritos) los están anoticiando. Además, para reemplazar a los gobernantes de turno, ensalzan a figuras de poca monta intelectual y política, pero con un ingrediente: incondicionales absolutos a sus ideas. Casi siempre logran elevarlos de tal forma en la opinión pública que, irremediablemente, serán los gobernantes del mañana.
Hubo momentos, en la historia de nuestro país, que no había gobierno que resistiera cuatro tapas en contra de Clarín o La Nación. Incluso más, periodistas que trabajaron para esos medios fueron ideólogos de varios golpes de estado que ensombrecieron a esta tierra y que, aún, siguen fogoneando amparados a la sombra de la Sociedad Rural y de sus propios patrones. Están en libertad, a pesar del daño que han ocasionado y siguen dando cátedra de democracia en forma escrita o verbal, de esa misma democracia que descreen y desprecian.
Cuando para el grupo Clarín el ex presidente Néstor Kirchner no tocó sus intereses, todos los medios que lo formaban cantaron loas a su gestión. Pero cuando la actual Presidenta, Cristina Fernández, comenzó a presionar sobre las retenciones de la cosecha de soja, ese monopolio y además el diario La Nación y otros menores, pero de gran influencia, al ver que tocaban intereses que les eran propios, comenzaron con una campaña de deterioro sobre su figura, que aún persiste.
Luego se sumó la ley de medios a la que denominaron Ley K, ocultando que el proyecto no era de invención de los Kirchner, sino que databa de varios años antes de que ellos comenzaran a gobernar. Para completar la irritación de los monopolios, el gobierno dispuso que el papel prensa tuviera un precio igualitario para todos los medios, no olvidemos que este rubro lo dominan Clarín y La Nación y les fue otorgado por los militares de la última dictadura para tener prensa a favor.
Entonces escuchamos al periodista Marcelo Bonelli decir que en el 2009 la industria automotriz fabricó 200.000 automóviles y no sabían si los podrían vender, pero a la par Cristiano Rattazzi (presidente de FIAT Argentina) manifestó que esta industria estaba viviendo una primavera, que se vendieron 550.000 unidades y, conforme a la demanda, para 2010 llegarían a 750.000 unidades. O la reiteración de que, acompañando la desastrosa crisis desatada por EE. UU., el primer semestre de 2009 la economía caería estrepitosamente lo que se agravaría en el segundo semestre. Al final Clarín reconoció que el ejercicio había dado un superávit de más del 13% respecto del año anterior. A esto debemos sumarle que más de 10.000.000 de argentinos vacacionaron en distintos puntos del país y el exterior, que se ha reactivado la industria metal mecánica relacionada con las maquinarias para el campo (LT8 – Grupo Vila-Manzano), que hubo una exportación de carne que fue casi record y que se está tratando de que los pobres tengan algo de esperanza a través de una retribución de 180 pesos por hijo.
El peligro que hoy depara esta democracia flanqueada por una oposición mediatizada, es que cuando alguien se refiere a los logros de este gobierno inmediatamente lo endilgan de “kirchnerista” y lo fundamental es no serlo. ¿Será quizás por eso que hoy, en el Senado de la Nación, se ha reunido toda la oposición en un solo bloque? Ver de la mano a Rubén Giustiniani y Carlos Reutemann por lo menos llama la atención.
Discépolo, en sus sueños premonitorios y de agria descarga social, nos dejó el tango Cambalache donde, como anticipando lo que estamos viendo, inventó una rara mezcla: la Biblia con el calefón.