Yacyretá: a pesar de todo, se puede

Por Ángel Ghirimoldi. En estos tiempos signados por la destrucción del ambiente, por la incomprensión de las potencias sobre las formas de encarar las emisiones de gases tóxicos, por el avance de las estructuras fabriles sin tener en cuenta la generación de electricidad con métodos limpios que reemplacen la quema de combustibles fósiles, el hecho de que se inaugure una estructura como Yacyretá da cierta esperanza a futuras generaciones que tendrán que recibir de nosotros un mundo más limpio y evitar lo inevitable: que se incremente el efecto invernadero que, a esta altura, va derritiendo glaciares y dejando sin agua potable a un mundo ávido de ella.
Quizás -sería lo deseable por otra parte-, las naciones históricamente postergadas como lo son las de África, Asia y Latinoamérica tengan en el siglo XXI el comienzo del despegue y la utilización de sus habitantes como la mano de obra imprescindible. Todos los parámetros económicos indican que eso está ocurriendo de la mano de gobernantes que entendieron la apuesta y que no hacen caso a recetas que sólo han traído el atraso y la pobreza. Pero también deberán entender esos mandatarios, que esa industrialización debe estar rodeada de tecnología por un lado y de menos desigualdad por el otro.
Tal vez esto sea lo esencial y lo importante, porque tanto la ciencia como el entorno social tienen un lugar común: la educación.
Como se puede ver, a poco de elucubrar ciertos determinados, encontramos una serie de elementos que convergen a un fin. Ambientalismo, producción, tecnología, igualdad social, reparto de la riqueza equitativamente, educación, etc., deben estar unidos para lograr el progreso.
Sin embargo el hambre campea por la mayoría de esas naciones y, a la par de verse notorios adelantos, también azota a las mismas la desnutrición infantil, la miseria y la muerte. El desafío es muy grande y son pocos los que pueden enfrentarlo teniendo en cuenta las presiones de las corporaciones, de los países poderosos (la mayoría en decadencia) y de los cipayos que, sin ninguna vergüenza, entregan a sus naciones a dominios inescrupulosos.
Por eso, porque se puede tomar como un símbolo o un acierto de dos naciones del tercer mundo -Paraguay y Argentina- la obra de la represa de Yacyretá, amén de la generación de electricidad, también es un fin en sí misma: a pesar de todo, se puede.
Este enorme complejo hidroeléctrico tiene sus antecedentes: Los gobiernos de Paraguay y Argentina, a través de un convenio firmado el 23 de enero de 1958, decidieron realizar estudios técnicos tendientes a obtener energía eléctrica del río Paraná, a la altura de las islas de Yacyretá y de Apipé, y a mejorar las condiciones de navegabilidad de dicho río. El 3 de diciembre de 1973 se realizó, en el salón Independencia del Palacio López (Paraguay), el acto de firma del Tratado de Yacyretá. Suscribieron el documento, el entonces presidente de Paraguay, General Alfredo Stroessner, y en representación del General Juan Domingo Perón, presidente de Argentina, su esposa y vicepresidenta de la Nación, María Estela Martínez de Perón, en vista a que aquel se encontraba aquejado de una fuerte bronquitis.
A la fecha pasaron 38 años desde ese entendimiento. En este interregno surgieron muchos obstáculos que alargaron innecesariamente la terminación de la obra. Sucesivos gobiernos, especialmente militares y neoliberales, paralizaron los trabajos, aunque no dejaron de hacer compras de los elementos usados tanto para la construcción como para el funcionamiento, incluso se adquirieron las turbinas. Siempre estas compras estuvieron sembradas de sospechas de haberse pagado sobreprecios y, como es de entender, los presupuestos sucesivos nunca alcanzaron para finalizar la misma. Fue llamada el monumento a la corrupción, y esa desidia llegó al punto de que el cemento, no atendido convenientemente, comenzara a fallar, temiéndose que el derrumbe de la estructura se transformara en la mayor catástrofe del siglo XX.
Eso fue Yacyretá (Tierra de la Luna). Dicen que un mínimo de 500 millones de dólares fueron a los bolsillos de funcionarios con o sin uniformes y de ambos países, mientras se esperaba que el fluido eléctrico, sin combustión y sin límites en el tiempo, comenzara a generarse. Quizás, esos 38 años, signifiquen lo que ha sido Latinoamérica en el inserto mundial y los porqués de que estos países fueran presa fácil de otros con inclinaciones imperialistas.
Desde el 12 de febrero pasado se llegó a la cota máxima. Los ansiados 83 metros sobre el nivel del mar por fin habían llegado y con ellos la generación máxima de electricidad que esta represa puede dar y que significará ahorro para millones de usuarios.
El presidente Lugo y la presidenta Fernández, el 28 del mismo mes, dieron la puntada final y en Misiones dieron por terminada la obra que llegó a costar 13.000 millones de dólares a ambos estados. Pero aún quedan pendientes otras obras de menor envergadura, pero mucho más importantes: aquellas que ubicarán definitivamente a las personas perjudicadas por las inundaciones que el embalse produjo. Es cuestión de justicia y de pensar en la calidad de vida de los mismos.
Algo que no se va a poder solucionar es el enjuiciamiento y la cárcel de los delincuentes que se quedaron con los vueltos del sobreprecio, por lo menos nada indica que el juicio y detención de los mismos llegue a ocurrir. Hay muchos que están vivos y que gozan de sus nombramientos como Diputados o Senadores y del dinero habido a costilla de los sufridos pueblos.
Ojalá que este ejemplo sirva. La generación de energía limpia trae consecuencias ambientales, es innegable, pero no son tantas como aquella que se produce con la quema de combustibles fósiles, que ha llevado al mundo al borde de la autodestrucción.

Deja un comentario

Spam Protection by WP-SpamFree

Temas